viernes, 23 de septiembre de 2016

El espejo nunca miente (Cultura de Empresa)

La importancia del Otro como eje central de nuestras decisiones cotidianas está calando cada vez más en una sociedad invadida de estereotipos unipersonales y simplistas. Una sociedad que comienza a romper moldes y busca al Otro como pilar de una nueva socialización, despertando el sentido de la colaboración verdadera. Una sociedad abierta al aprendizaje, cada vez más madura, que sabe lo que quiere y lo que no quiere. Capaz de enfrentarse a los viejos liderazgos medievales y jerarquizar la humildad, la coherencia y el aprendizaje en cada segundo de su día a día. Una sociedad que entiende que no se puede vivir más con un doble discurso, una doble cara de la moneda, y que necesita vivir de manera congruente entre la persona que es en su casa y en su trabajo. Porque el valor de la autenticidad cotiza cada vez más en “la bolsa de los valores”: ser el que soy, esté donde esté y esté con quien esté.

Y dentro de esa sociedad está el mundo empresarial, donde hemos vivido durante muchos años con ese viejo tabú, producto de una añeja enseñanza que se fue haciendo hábito, producto de “líderes sin liderazgo” que ocultaban sus inseguridades tras esas antiguas teorías. Hoy el nuevo management da una inteligente patada al tablero y se rebela contra esos viejos fantasmas y proclama el derecho a la coherencia, a lo auténtico y a la verdad.

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DIEGO LARREA 
Twitter: @larreadiego 

viernes, 16 de septiembre de 2016

El Síndrome de Dory (El olvido contagioso)

No vamos a negar que el olvido está lleno de memoria, y como decía Mario Benedetti: “No olvidadizos sino olvidadores”. Vivimos en un mundo cada día más veloz, extractado, más fugaz, de conversaciones cada día más cortas, de palabras reducidas, de “prisas y corriendo”, de instantes, de “lo quiero ya”. Lo que por un lado disfrutamos en esta nueva tendencia digital, la sufre por otra parte el Sr. Olvido, que tan cargada tiene su mochila y ya no sabe qué hacer con ella ni dónde poner todo lo que abandonamos en el camino.

Olvidadores del siglo XXI, que la prisa nos corroe, que nos aturde el no llegar a todo, donde la meta parece cada día más lejana y el “todo vale” para alcanzarla un placebo a disposición, donde la falsa sonrisa a tiempo es llave o relegación, donde suponemos sin preguntar, prejuzgamos sin conocer, donde el circo atrae aplausos, donde dar la cara en tiempos revueltos es casi “una experiencia religiosa” y donde ayer éramos necesidad hoy nos transforman en vacío.

Intentamos cada día acercarnos más y más a escenarios colaborativos, donde las redes nos ayudan a estar en contacto y poder trabajar, conocer, desarrollar, innovar o simplemente compartir. Pero Olvidadores, detrás de toda esta nueva red de colaboración digital que nos atrapa ¿por qué aún no somos capaces de dejar atrás los viejos elementos relacionales individualistas que pocas veces nos han aportaron algo constructivo? Más bien todo lo contrario, ayudaron a desequilibrar la trastienda de nuestros valores.

El proceso de cambio no significa transformar el que somos o fuimos en un “formato digital”, sino que nos obliga hoy a una profunda reflexión y nos invita a sumarnos a una verdadera evolución. Dicha evolución, aunque nos suene a prehistoria, es parte de nuestra realidad, y depende de nuestra voluntad. Dentro de esta evolución, y para llegar a ese nuevo espacio debemos revisar en qué acera queremos seguir caminando, evitando así ser contagiados por el Síndrome de Dory.

El Síndrome de Dory se manifiesta, por ejemplo, en que ayer riésemos juntos, y hoy olvidemos quien era aquel que reía; que ayer nos necesitaran y hoy que necesitamos su silla esté vacía. Un olvido contagioso que normalmente se manifiesta en circunstancias adversas, donde la vida nos invita a dar realmente testimonio de quiénes somos y de nuestras convicciones y valores. Y este olvido contagioso una vez que nos atrapa nos sumerge en un discurso artificial que sólo hará que busquemos adeptos para reforzar nuestra excusa, sabiendo que en el fondo es tan vacía como nuestras propias inseguridades.


Por eso la transformación y el verdadero cambio pertenece a las personas, pero a lo más profundo de las personas. Las empresas y escuelas podrán aportar toda su mejor intención, sus estrategias, formaciones y su tecnología, pero si cada uno de nosotros (y nuestras familias) permanece con el rostro girado hacia otro lado, y el átomo vehicular del cambio que llevamos dentro no es capaz de despertar a tiempo mutando hacia los nuevos desafíos, probablemente estemos hablando de un fracaso que nadie desea. El ser, estar, parecer y semejar deja de ser una simple frase para convertirse en la clave del éxito de la comunicación.

Si no estamos en el lugar y en el momento oportuno, decimos siempre que probablemente podemos perder una gran oportunidad, pero ¿qué pasa si no estamos en el lugar y en el momento oportuno del Otro cuando nos necesita? Sea un compañero, pareja, amigos, clientes, etc. ¿Somos capaces de cuantificar realmente esa pérdida? Si olvidamos al Otro probablemente hay algo de nosotros que abandonamos en ese olvido.

Olvidadores: el Otro siempre soy yo, y siempre será mi espejo, para lo bueno y para lo malo. Y ese espejo nunca miente. La esencia está en nosotros mismos. Por eso, no perdamos la ocasión tan preciada de desacelerar lo absurdo y acelerar lo importante, convirtiendo estos nuevos tiempos en una red que no enrede, sino que sostenga, proteja y construya los nuevos cimientos del cambio basados en la autenticidad, la humildad y la empatía, siempre dispuestos a contagiarnos con la buena memoria.

La mirada del otro nos hace conscientes de nosotros mismos pues el otro nos objetiva, y el olvido del otro es la paralización de nuestra capacidad de reconocernos.

DIEGO LARREA 
Twitter: @larreadiego 

viernes, 9 de septiembre de 2016

La generosidad como ruptura del cambio

La colaboración es algo más que una bonita palabra de moda, es y será la llave de la nueva economía y modelo social.

Cuando comenzamos hace más de 9 años a hablar de la participación y colaboración, sonaba un discurso un poco utópico, e incluso alejado de la realidad corporativa de ese momento. Si bien aún sigue siendo una materia más ligada a los intangibles de nuestras cuentas de resultados y algunos siguen poniendo caras extrañas, la realidad (por suerte para todos) nos ha dado la razón, a todos los que somos unos convencidos, del gran motor que estos conceptos provocan en el negocio, pero sobre todo en la cultura corporativa y en su engagement. Tal ha sido el cambio de tendencia, que estos conceptos hoy en día en las compañías forman parte ya de sus Cartas de Orientaciones anuales.

Pero realmente ¿qué hay detrás de la participación y colaboración en esta época de grandes metamorfosis estructurales? Estamos en una etapa donde todos nos proponen cambios, todos estamos de acuerdo en hacerlos, en lo difíciles que son, en los hábitos que hay que generar para que ellos se produzcan, pero no todos están entendiendo que el verdadero cambio en las nuevas ecuaciones de relación personal, empresarial o comercial, dependen en gran medida de sacar del baúl de los recuerdos, entre el polvo del olvido, a uno de los mayores valores que solo utilizamos para “grandes causas”: la Generosidad.

La simplicidad del modelo donde esta transformación digital, omnicanal nos está llevando, es más grande de lo que pensamos. Nos lleva a un escenario nuevo con ingredientes “de fábrica”. La transformación nunca nos transformará si nuestra conducta social colaborativa permanece en el estado de individualidad sedentaria y conformista.

La inteligencia colectiva y colaborativa depende exclusivamente de la voluntad y sobre todo de esta generosidad de la que hablamos. La digitalización y las redes son sólo un nuevo escenario con infinitas oportunidades, pero si no cambiamos nuestro ejercicio interior de generar, producir y crear de manera conjunta, esta gran llave se destruye en la gran puerta del cambio. Por lo tanto, abandonar nuestros prejuicios, nuestros egos, ejercitando la humildad y el sentido común serán algunos de los grandes ítems que debemos trabajar a la hora de establecer esos nuevos vínculos productivos. Y el mejor de los ejercicios, simple y sin coste comienza por nuestro entorno más cercano, alejándonos de cables y de redes, porque esos cables y redes deben transformarse primero en aceptación, en escucha, en valoración, en conocimiento del otro, etc

Y seamos claros y realistas: no estamos inventando nada...el ser primitivo ya lo hacía de manera extraordinaria y ha sobrevivido y evolucionado gracias al trabajo de inteligencia grupal. El nuevo formato que tenemos entre manos, es una bonita “gran excusa” que nuestra experiencia y capacidad debe saber gestionar y eliminar la aprensión por la auténtica generosidad.

Es imposible asumir un cambio en una organización, en una familia, en un grupo, en una pareja si sus integrantes no asumen y hacen vivir la cultura de la generosidad. Cuando el otro no juega un rol importante para mí, toda “mi producción” carece de sentido.  Todo lo que hago sin esa generosidad se diluye en los fundamentos que nosotros mismos nos hemos inventado y justificado. Y además tengamos en cuenta que nuestras miserias humanas no desaparecerán detrás de un programa o una tecnología, es algo que debemos trabajar desde la raíz, y todo manager, padre, madres, etc, tiene la gran responsabilidad de detectar, corregir y mejorar este tipo de conductas a tiempo, que marginan, relegan, separan y frustran todo intento de convivencia, crecimiento, aprendizaje, cambio e innovación.

Los valores son tan etéreos como los queramos utilizar y colgar, y tan pragmáticos como decidamos ejercitarlos en primera persona.

El liderazgo medieval está más arraigado de lo que pensamos y lucha con capa y espada contra la generosidad. Y a veces nuestras propias conductas son más representativas de esa época que a la que queremos pertenecer. En las nuevas estrategias omnicanales y refudaciones organizacionales colaborativas y digitales es imprescindible ser creíble desde la raíz hasta el cliente final.

La nueva economía y modelo social se construyen en base a la generosidad. Sin ella será imposible avanzar hacia nuevos escenarios. El espíritu de solidaridad en un equipo va más allá de las razones y posibilidades...es una actitud innata que emerge cuando más se necesita y paradójicamente cuando menos podemos dar. Es el preciado rincón donde se terminan las palabras. Ayer, hoy y mañana: “el OTRO soy YO”.

Como personas o como empresas estamos comenzando a andar un nuevo tiempo, pero eso no quiere decir que nosotros hayamos dado el verdadero paso para sumarnos a él. No necesitamos tantas charlas, formaciones, estrategias o discursos, necesitamos gente cada día más auténtica, próxima, capaz de sacar del otro lo mejor de sí, que sepa escuchar, valorar, decir la palabra justa en el momento indicado, elogiar en público y corregir en privado, corrigiendo sin ofender y orientando sin humillar, sabiendo aceptar la diferencia y que dignifique y valore el espíritu de la generosidad como motor y ruptura del auténtico cambio.

La generosidad es riqueza. La riqueza está en lo colectivo, y la inteligencia en la humildad para reconocerlo.


DIEGO LARREA 
Twitter: @larreadiego 

viernes, 2 de septiembre de 2016

Somos rueda (La resiliencia oportuna)

Somos rueda, previsiblemente o imprevisiblemente estamos situados en diferentes partes del giro, arriba o abajo. La vida es movimiento constante y da muchas vueltas. Siempre sucede, no espera, casi no da tiempo a reflexionar. Sea en nuestra vida personal como en la profesional. Somos rueda, en la altura de nuestra alegría y en el suelo del desencanto. Somos rueda, y en el rodar aprendemos, vivimos, cambiamos, evolucionamos, con sonrisas y lágrimas, arriba o abajo, da igual, porque siempre avanzamos, estemos como estemos y donde estemos.

A veces creemos ser infinitos, perfectos y eternos sumergidos en la fascinación de nuestra estabilidad, nuestros logros, victorias, buenas rachas, etc. Todos y todo parece sonreírnos, y casi sin quererlo olvidamos el epicentro, el sentido común, el porqué de lo que hacemos y cómo lo hacemos.


Porque somos rueda, y lo que hoy está arriba mañana no estará, lo que ayer era seguridad hoy es fragilidad, los aplausos se transforman en silencio, las sonrisas en olvido. Y no es una lectura pesimista sino todo lo contrario, es poner en valor nuestra verdadera inteligencia situacional, emocional junto a nuestros verdaderos valores e incluso junto a nuestros seres más queridos que serán el termorregulador perfecto de acción balsámica que nos ayudará en esos giros descendentes que la vida nos regala como enseñanza de sabor muy amargo como el remedio que nos daban nuestras abuelas o madres.

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DIEGO LARREA 
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viernes, 8 de julio de 2016

El identikit de Don Nadie

La ignorancia de ignorar esconde el miedo del ignorante y el dolor del ignorado. “Don Nadie” es un personaje ficticio, toda semejanza con la realidad es pura coincidencia, o no. “Don Nadie” tenía un nombre, y era una persona respetada y querida, que vivía medianamente feliz entre sus luchas cotidianas y sus deseos de progreso, hasta que un día, de manera inexplicable, pasó por el lugar incorrecto y a la hora equivocada.
Fue una mañana de lunes gris, uno más entre tantos que iba a su trabajo. Todo transcurría normalmente hasta que al llegar encontró una puerta al lado de la puerta de siempre. Nunca la había visto. Tenía un gran cartel que decía: «A partir de hoy debes entrar por aquí». Extrañado y dubitativo sintió la obligación de respetar el mensaje y decidió abrir.

Una vez dentro, la puerta se cerró fuertemente detrás de él. Era el lugar de siempre, el de todos los días, las personas de siempre, la rutina de siempre, pero algo había cambiado, él tenía la sensación que nadie lo miraba, lo escuchaba, lo percibía. Intentó acercarse a alguno de sus compañeros pero era inútil...parecía invisible. Corrió hacia un espejo cercano y sí se vio reflejado allí. Desesperado comenzó a angustiarse, los nervios subían por sus venas, y fue cuando, en su frenética búsqueda porque alguien lo identificara, encontró sobre una mesa apartada, oscura, casi lúgubre, un papel que decía: «Este lugar está reservado para Don Nadie». Dudó en sentarse pero no tuvo más remedio que hacerlo. Una vez sentado allí comenzó a contemplar a su alrededor como los que no lo veían, ni sentían, ni hablaban de él, en algunas frases pronunciaban su verdadero nombre. Y hablaban de tal manera que parecían conocerlo, pero "Don Nadie" jamás había hablado con ellos, ni ellos con él. Él se preguntaba ¿cómo eran capaces de realizar ese absurdo identikit de alguien que no conocían e ignoraban? La suma de ignorancias hizo de nuestro personaje un auténtico desconocido, un marginado, donde un halo de percepciones arbitrarias lo etiquetaban y lo dejaban aislado en su rincón para siempre. Jamás pudo salir por la puerta que entró. Cuenta la leyenda que “Don Nadie” se convirtió en una extensión del mueble donde se sentaba y que alguien, rara vez, desempolvaba su mesa preguntándose de quién sería ese sitio.

¿Cuántos “Don Nadie” conocemos o hemos conocido? ¿Nos hemos sentido alguna vez “Don Nadie”?. Si hemos conocido alguno, ¿qué actitud tuvimos frente a ellos? Si hemos sido uno de ellos, ¿cómo nos hemos sentido? Cualquier tipo de combinación de estas preguntas derivan automáticamente en el miedo. El miedo es uno de los frenos más dolorosos e importantes en esta sociedad, una sociedad que camina en un proceso acelerado hacia una transformación social digital y muchas veces descuida este tipo de vectores, claves en una verdadera integración, inclusión y diversidad de los procesos de desarrollo y cambio.

Si a este miedo le sumamos la absurda autocondena de sensación de inferioridad, los celos, los prejuicios, la propia ignorancia, la apatía, la endogamia, tendremos en nuestras manos una de las peores pócimas que un ser humano puede probar: la ignorancia del olvido. Tanto los managers, en el contexto laboral, como los responsables de equipos, padres, madres, parejas, amigos, familiares, deben estar atentos para que este tipo de situaciones no sucedan en su entorno. Porque estas circunstancias de aislamiento se dan con muchísima más frecuencia de lo que nos podemos imaginar, y a veces con desenlaces desafortunados. Y seguramente son los detalles perdidos los que nunca se han tenido en cuenta, pero que siempre han sido detalles esperados por el ignorado. Los “detalles”: bendita palabra que tantas situaciones hubiera solucionado.

Los prejuicios que nos han regalado del “otro” o que hemos creado nosotros mismos, son como decía Albert Einstein, más difíciles de superar que desintegrar un átomo. Debemos ser capaces de extinguir a los “depredadores de emociones”, utilizando los valores, el sentido común, la dignidad, blindando con ejemplaridad las puertas y ventanas de nuestros ambientes laborales o personales para que este tipo de agentes nocivos/negativos no espanten, aniquilen, ni hagan falsos identikits de “Don Nadie” a quienes viven en ellos.

Debemos ser lo suficientemente inteligentes para entender que las frustraciones no vienen solas, que algo o alguien puso el tronco en el medio del río, y que desvió su cauce e incluso provocó inundaciones. “Don Nadie” no buscaba su fracaso, porque todos buscamos de manera directa o indirecta la felicidad. ¿Pero alguien se sentó junto a él para escucharlo y conocerlo? A veces nos es más fácil dejarnos llevar por la corriente que aventurarnos a ir en su contra, sin reparar en el daño que podemos hacer al otro. Todos necesitamos ser escuchados y también aprender a escuchar, quien diga que no, está equivocado de planeta. Las personas se visten de experiencia, no de prejuicios, pero deben contar con un buen líder que sea capaz de ver y escuchar por sí mismo, alejado de todos los halos y fantasmas heredados.

Pero también “Don Nadie” está en nuestros hijos, cuando creemos darle a nuestro tiempo una importancia inamovible. “Don Nadie” está en la gente de nuestro equipo, que ni siquiera saludamos, hablamos o preguntamos cómo está. “Don Nadie” está en nuestra vida personal cuando presuponemos que nuestros seres queridos son su siempre bonito estado de Facebook.  La vida es sumamente dinámica y lo que ayer brilló hoy es opaco, lo que ayer estaba encumbrado hoy se quita tierra del pozo y viceversa. La vida es sumamente dinámica y no avisa, y puede sorprendernos de cualquier manera y forma. La vida es preciosa, pero que no nos sorprenda sentados en una mesa apartada, oscura, casi lúgubre con un papel delante que diga: «Este lugar está reservado para Don Nadie».
DIEGO LARREA 
Twitter: @larreadiego 
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PUBLICADO EN REVISTA FORBES