viernes, 17 de noviembre de 2017

La gallina de los huevos de oro

¿Por qué solamente pensamos en cambiar de dirección cuando nos acercamos al precipicio? Hay algo dentro de nosotros que nos arropa de justificaciones y seguridades y nos lleva a creer y confiar que la famosa gallina de los huevos de oro, en nuestro caso, sí será eterna. El éxito empresarial es algo admirable, pero muchas veces difícil de sostener en el tiempo. “Nosotros siempre lo hemos hecho así, y tan mal no nos ha ido”, solemos escuchar con bastante frecuencia. Probablemente lo que haya reforzado a las grandes y medianas empresas que llevan muchísimos años vigentes en el mercado, ha sido justamente el no pronunciar esa frase.



Nos sucede lo mismo en nuestra vida personal, creemos que todo es para siempre. Como decía mi abuela en una frase más que sencilla pero cierta: “Diego: a las plantitas hay que mirarlas, hablarles y regarlas todos los días”. Pero por una extraña razón los seres humanos damos por hecho la eternidad de aquello que convertimos en rutina o en nuestro día a día. Y esta reflexión no cuestiona el disfrutar de lo que tenemos, de nuestros logros, de la felicidad que proporcionen o el éxito que nos brinde. Es poder ser capaces de anticiparnos y sorprender a Señora Comodidad replanteándole mejoras y cambios antes que ella nos sorprenda a nosotros. Pongamos un ejemplo: si colocamos una rana en un recipiente con agua hirviendo, saltará y huirá. Pero si lo hacemos con agua tibia y muy lentamente comienza a calentarse el agua, nuestro anfibio se irá adaptando a la temperatura y resistirá el aumento de ésta, dando como resultado su aletargamiento. ¿Resultado? La rana perderá su voluntad para abandonar el agua hirviendo y morirá. Y eso no queremos que suceda.

Los mejores equipos y deportistas de la historia una vez finalizada cada victoria, saben alegrarse por su resultado pero tienen el “gen natural del campeón” y tienen muy claro que la cima no es quietud. Y es por ello, que minutos más tarde del triunfo, con la humildad necesaria y silenciosa, observan todo aquello en lo que pueden evolucionar y progresar. Estudian a su próximo competidor y son capaces de variar su estrategia para no ser tan previsibles. Proactividad y sorpresa constante, siempre con su esencia de estandarte como fuerza motora. Eso los ha llevado a ser los más grandes y ser parte de la historia. Lo mismo con esas “grandes” empresas que hemos mencionado antes. ¿Necesitaban un espíritu de innovación constante siendo las más poderosas del mercado y de mejor facturación? Si la respuesta hubiera sido no, hoy no hablaríamos de ellas.


Son organizaciones que han entendido que el verdadero negocio no sólo está en su cuenta de resultados, sino también en comprender que el crecimiento de la misma puede beneficiarse creando un valor social, tanto de manera interna como externa, con sus colaboradores y con sus clientes. Han cambiado, han evolucionado, se han adaptado, no han permitido que el agua tibia los duerma en la comodidad, han sorprendido y se han sorprendido a ellas mismas centrando su capacidad de crecimiento en las necesidades de la sociedad a la cual pertenece y a la cual ofrecen su servicio. Y luego, el beneficio estará visible a la luz de todos: clientes y trabajadores que sienten el orgullo, pasión y el compromiso por la marca.

No es un tema de edades, de generaciones, de facturación, de tamaños, de sectores, es un tema de oportunidades, de entender que vivimos y trabajamos con y para las personas, y si las personas cambiamos, nada es lo suficientemente eterno y perfecto como para no tener la sabiduría de transformarse a tiempo, y nunca pronunciar la fatídica frase de: “¿Para qué?...Si así estamos bien”.


Innovar no es sólo un término empresarial ni tampoco es únicamente reinventar. Innovar es espíritu de cambio, cuestionamiento positivo, creatividad, asumir los errores, saber preguntar, escuchar a tiempo, tener anticipación, sana percepción, visión y no confundir estabilidad con comodidad. No es un discurso, no es un cuadro en la pared, no es una presentación Power Point. Es un estilo de vida, es una forma de ser y de actuar. Porque si nos relacionamos o trabajamos entendiendo que “nada es para siempre”, evitaremos a tiempo subirnos al barco de la falsa perpetuidad, para vivir intensamente en tierra firme el maravilloso camino del progreso, experiencias y felicidad de las personas.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Las gafas de lo importante

El hombre por su fascinación innata ha mirado hacia el cielo contemplando la vía láctea, se ha detenido en la orilla del mar para dialogar con el horizonte, se ha subido a la cúspide más alta para comprobar la inmensidad. Siempre ha buscado un punto de referencia o una necesidad de futuro y cambio que, de alguna manera, le brinde seguridad, confianza y felicidad.

Pero nos han educado y estamos educando para “alcanzar la meta”, con cronómetro en mano. Vamos como locos corriendo día tras día, cumpliendo, enseñando, aprendiendo, llegando, partiendo, subiendo y bajando. Al vértigo lo llamamos adrenalina y a la calma inseguridad. Y es una carrera que nunca se detiene, porque nada nos satisface por completo o termina por convencer. Estamos en muchos sitios a la vez pero no estamos en ninguno. Queremos escuchar pero estamos respondiendo. Y en esa atropellada carrera por la inmediatez y el “logro”, paradójicamente siempre vamos solos. Aunque lo hagamos por y para otros, hemos entrado en una dinámica de aceleración constante que nos lleva consciente o inconscientemente a sentirnos,una vez más, en la rueda del hamster.

Paremos un instante. En esa esquizofrenia pluriforme tenemos entre manos una nueva oportunidad para cambiar las cosas. Un mundo que se abre de par en par hacia una transformación de un modelo más cercano, más colaborativo, más conciliador, en definitiva más nuestro, más humano. Pero si avanzamos con los viejos esquemas del pasado, tropezando sin tener un claro sentido de hacia dónde nos dirigimos, por qué, cómo y con quién lo hacemos, estaremos condenados a lastimarnos a nosotros y a los demás, dejando pasar un tren que probablemente no regrese. “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos” decía Eduardo Galeano.


Y en ese cambio podemos ser realmente disruptivos y dar el primer gran paso: sí todas las estrategias empresariales, sociales, educativas, comerciales en el fondo hablan de personas, ¿por qué no optimizamos tiempos y recursos comenzando directamente hablando de ellas? Inteligencia colectiva para una demanda universal de aplicación individual. Todas para una y una para todas, parafraseando a Alejandro Dumas. Por ende, el verdadero conocimiento de la persona y la satisfacción de sus necesidades y expectativas será la más exitosa de las estrategias.


Nos tenemos allí, mirándonos frente a frente, en cada reunión, café, pasillo o charla. Sabemos lo que nos importa y lo que no, lo que queremos y lo que no queremos. Por eso, antes de hacer grandes reflexiones, valoraciones, estudios e inversiones miremos con las gafas de lo importante nuestro alrededor, a nosotros, a nuestros seres queridos. En esta nueva etapa de transformación tecnológica debemos entender que en las cuestiones más sencillas y simples de nuestro día a día están las grandes palancas del cambio y la oportunidad de una verdadera evolución. No busquemos demasiado lejos, lo importante está en nosotros y con nosotros.

Las gafas de lo importante nos tienen que facilitar una mejor visión para discriminar aquello que no aporta valor, que no suma, que no facilita, que no es eslabón, que no une, que no construye, y en paralelo detectar a tiempo las mejores cualidades que sí queremos para nuestra vida, para nuestros proyectos, para nuestros negocios: como el compromiso, sensibilidad, generosidad, consideración, lealtad, responsabilidad, confiabilidad, factores determinantes para una relación duradera, creíble y exitosa. Estamos entre todos diseñando el nuevo modelo económico social de nuestros hijos y nietos. Cada uno desde su lugar tiene una excelente responsabilidad.


Así podremos regalarle a Ortega y Gasset que ahora “somos más que nosotros y nuestras circunstancias” y no nos limitarnos a perseguir nuestros objetivos individuales, sino que encontramos en los objetivos comunes los mejores beneficios recíprocos, trabajando juntos para lograrlos.



viernes, 3 de noviembre de 2017

Los Matatalentos - Vídeo 16 - Canal Youtube RH&CC

¿Quiénes son los Matatalentos? Personas con responsabilidad organizacional (o no) que, en lugar de aportar emociones positivas y trabajar en torno a un ambiente de colaboración, valores y desarrollo, generan ira, miedo, hartazgo y desmotivación. Sentimientos todos ellos que influyen muy negativamente en el clima laboral y en la productividad de nuestras organizaciones. Pueden ser jefes o compañeros, no importa el status empresarial que tengan. 

Detrás de cada uno de estos Matatalentos está la irresponsabilidad de afectar de una manera directa nuestra cultura, nuestra innovación y crecimiento como empresa. Además de provocar una ruptura "entre lo que somos y decimos ser", capaz de afectar nuestra imagen y credibilidad interna y externa.

Es por ellos que los managers juegan un rol fundamental en la percepción y anticipación de estos casos, a través del conocimiento, acompañamiento, coherencia y muchas veces valentía. El buen liderazgo nace de vivir el talento como un gran Director de Orquesta, provocando que su música sea única, que cada instrumento brille por sí mismo, y todo de espaldas al público.

Porque los Matatalentos no comprenden de rupturas, ni de creatividad ni de innovación, no dejemos que ellos tomen la decisión por nosotros. El "talento de saber cambiar a tiempo" nos regala madurez, experiencia, oportunidades y felicidad. Y todo depende de nosotros.

Súmate a los "REVIVETALENTOS", porque el talento nace de la creatividad y la creatividad de las personas "provocadoras".


Te invito a ver mi nuevo vídeo de Recursos Humanos & Cultura Colaborativa: LOS MATATALENTOS





DIEGO LARREA BUCCHI 
Twitter: @larreadiego 

viernes, 27 de octubre de 2017

Ese pequeño gran irreverente llamado Persona

Durante estos últimos meses he tenido la oportunidad de asistir a varios Congresos Empresariales o Fórum sobre Recursos Humanos. Y hay dos cosas que me llamaron poderosamente la atención. La primera es el descubrir como uno de los sectores más importantes de una Organización, cómo es el área de la Gestión de las Personas, se encuentra en un círculo cerrado de “autoflagelación”. Con aspectos llamativamente sorprendentes como el vaticinar en público la propia «muerte» del departamento o de la profesión. 

Contrariamente a lo que pensamos de nosotros mismos, somos probablemente uno de los mayores grupos de reflexión, cambio, innovación, cuestionamiento, etc. Y por supuesto, como todos en la vida debemos tener la humildad para aprender de los errores y cambiar a tiempo. Pero particularmente en este oficio hay una tendencia generalizada a sentirnos «los patitos feos» del mundo de los negocios. Nos autoexcluimos del grupo de los conocedores de la realidad de la empresa siendo muchas veces especialistas de las entrañas de la misma. Y este saber viene de la mano del tratar diariamente con los principales actores: las personas, permitiéndonos tener muchísima más información o experiencia de la que creemos, hacemos creer o simplemente creen de nosotros. 


Un «misterioso miedo» impropio de profesionales tan amantes de los desafíos se apodera de nuestros sentidos y hace que nuestra voz sea casi imperceptible cuando tenemos que opinar de otros eslabones del negocio, cuando nadie pide «permiso» para hablar o decir lo que piensa sobre nuestros proyectos o necesidades. Y tenemos tanto sentido de la integración que procesamos de manera natural que profesionales de otras áreas lideren sin formación ni siquiera experiencia, roles claves en nuestros Departamentos. Me gustaría saber si al revés sería asumido con la misma naturalidad y apertura.  

Tal vez porque históricamente nuestro rol estaba sumergido en un cumplimiento estrictamente reglamentario, con una visión a corto plazo y sin demasiados cuestionamientos ni ambiciones por gestionar los nuevos desafíos que nos fueron demandando estos últimos años las empresas, los clientes y los propios trabajadores. Probablemente esa obligatoria y necesaria transformación de la profesión nos ha dejado con algunos miedos, inseguridades o preconceptos, incluso hasta de nuestros propios colegas de otras áreas.


Y en un abrazo de empatía y reposicionamiento intentamos día a día asumir un papel secundario en la estrategia de la compañía. Cuando paradójicamente en la propia estrategia de nuestras organizaciones las personas comienzan, por suerte, a ser en el centro de los objetivos, o el ADN de todo lo que hacemos, pensamos y deseamos. En definitiva, quitémonos el estigma de ser un «caso de Alfred Adler». Potenciemos, sin dudarlo, la transversalidad del conocimiento, de la experiencia y de los objetivos.

Lo segundo que me ha llamado la atención, y de alguna manera está entrelazado con el punto anterior, es que no terminamos de creernos que el gran paso de transformación y cambio que estamos dando como sociedad no es un tema de equipamientos tecnológicos sino de una gran expedición al fondo del ser humano. Todos estamos de acuerdo que el cambio está en las personas pero volvemos a poner en el centro a los sistemas, a las mediciones o a los procesos sin darnos cuenta que comenzamos a coordinar una Era completamente distinta, de intereses y expectativas diferentes, pero con elementos del pasado disfrazándolos de vanguardistas.

Tenemos una enorme oportunidad como «personas amantes de las personas», para hacer una sana reivindicación de nuestra profesión o vocación y no debemos desaprovecharla. Las personas hemos evolucionado. Naturalmente el ser humano ha comenzado a priorizar otro tipo de aspectos que nuestros padres o abuelos no ponderaban. Y eso poco a poco fue trasladándose a aspectos tan cotidianos e importantes como el trabajo, el consumo, las comunicaciones, las relaciones, el ocio, el desarrollo, etc.

Cambiamos nosotros y por ende requerimos y demandamos otras necesidades. Hoy somos “un todo bajo el mismo paraguas” y es imposible vernos separados en nuestro rol de trabajador o de cliente, por ejemplo. Porque tengo los mismos deseos, valores y expectativas jugando un papel u otro. Somos una perfecta unidad.


Y es por ello, que desde nuestro conocimiento de las personas tenemos que ser capaces de aportar un valor diferencial a las demandas que como sociedad exigimos. El marketing, las finanzas o el producto rodean nuestras decisiones y experiencias pero la variable está en el cliente, en las personas. Y a su vez, en la decisión que esa misma persona hace como trabajador eligiendo o deseando el tipo de empresa donde sienta mayor identificación para poder dar lo mejor de sí.

Porque no puedo dar confianza a mis clientes si mi entorno laboral carece de confianza. No puedo transmitir pasión por mí producto o mi marca cuando mi marca no siente pasión por mí. 

Si realmente queremos trabajar a conciencia y no corriendo tras una moda que sólo emparche situaciones de emergencia, entonces debemos capitalizar todo este actual concepto de transformación y cambio orientándolo hacia acciones y decisiones pragmáticas y rupturistas. ¿Cómo? Mirando a nuestros clientes como integrantes de nuestra organización y mirando a nuestros colaboradores como si fuesen nuestros clientes. 


El sístole y diástole pertenecen a un sólo órgano. Centremos nuestros esfuerzos, inteligencia colaborativa, innovación y cambios en lo importante. Descubramos a ese pequeño gran “irreverente” llamado Persona, porque aún tenemos mucho que aprender y mucho por descubrir. Pongamos en valor nuestra responsabilidad profesional, ya que si estamos convencidos ninguna piedra hará dudar nuestro andar y nuestros resultados. ¡Vale la pena, hablamos de nosotros, hablamos de personas!. Somos el espejo de nuestra marca y el ADN de nuestro equipo. Recursos Humanos: ayer un número, hoy una experiencia.

viernes, 20 de octubre de 2017

Ahora, el momento exacto

El deseo por cambiar es sólo el comienzo. Cambiar es arriesgar, es tomar decisiones, es crecer, es evolucionar, en definitiva...es vivir.

Cuando miramos hacia atrás, observando fotos, vídeos o simplemente navegando con el pensamiento, reflexionamos sobre todo lo que hemos vivido y cuánto hemos cambiado. Pero en el fondo, después de ordenar esas fotos, vídeos e ideas en su lugar, nos damos cuenta que en realidad el tiempo ha pasado pero nosotros, por alguna extraña razón, nos sentimos igual. Y no hablo de inmadurez ni de Peter Pan. Sentimos el peso de los años, por supuesto, pero hay algo dentro de nosotros que nos transporta a ese niño/a que trepaba a los árboles, a ese adolescente que con su mochila y sus amigos cruzaba las montañas, a ese beso, a esa charla con el abuelo, al primer fracaso, a aquel temblor en el cuerpo de felicidad, a aquella despedida o a ese ansiado reencuentro. Y en ese reencuentro creemos haber aprendido la forma de vivir la vida, hasta que la vida cambia una vez más.

Porque todo ello forma parte de nosotros, de nuestra historia, cultura, y nos hace ser en definitiva quienes somos en un constante movimiento. Pero más allá del tiempo y del recuerdo, la evolución no se detiene y las cosas no cambian porque sí. A pesar de ese fuerte y entrañable puente con nuestro pasado, hay un “momento exacto” en el que por necesidad, preparación, astucia, negligencia o casualidad el cambio se presenta ante nosotros. Nos mira a la cara, nos desafía, no pregunta y se cuela en nuestra realidad. Y según como nos encuentre, así reaccionaremos.

Lo mismo sucede con las empresas, cada una con sus puentes hacia sus recuerdos, historia, cultura y experiencias. Y también tienen ese “momento exacto” en el que por una buena planificación, o falta de previsión, astucia, errores o azar, se enfrentan a cambios, y según como las encuentre, así sobrevivirán, crecerán o desaparecerán.

Las compañías están abocadas a demostrar un beneficio constantemente a corto plazo y ello muchas veces limita la habilidad para transformar o innovar. La ecuación evidentemente no es fácil para los que tienen que tomar decisiones y crear espacios de mejora, haciendo que las cosas que funcionaban sigan funcionando cada vez mejor y que las cosas que no funcionan, comiencen a funcionar. Pero con tener voluntad de cambio, empapelar nuestras paredes o llenar nuestras redes sociales con bonitas palabras vanguardistas no sirve para asegurar el progreso y la diferenciación. El cliente siempre está un paso por delante, y solamente su paladar determinará si realmente estamos o no a la altura. Por lo tanto, transformar a tiempo nuestra cultura, redefinir la forma de hacer las cosas sin perder nuestra identidad y valores pero con la audacia necesaria, es la clave para dar el primer gran paso y no esperar a hacerlo cuando “sufrir” sea más difícil que cambiar.

Las empresas están llenas de ideas. Los seres humanos tenemos un gran abanico de ingenio, inventiva e imaginación para hacer las cosas de manera diferente y replantearnos las cosas. Y son muchas las personas capaces de trabajar hacia la excelencia poniendo un esfuerzo adicional para lograr un resultado colectivo exitoso. Sólo hay una condición: contar con el apoyo de un buen manager facilitador cuya principal misión sea que las cosas sucedan. Capaz de darles el margen de maniobra suficiente y la confianza para permitirles tomar sus propias decisiones y probar nuevas soluciones o nuevas ideas. En definitiva, un estilo de liderazgo acorde a los nuevos desafíos y no un espejo del pasado que repita por temor viejos paradigmas. Y que esté firmemente convencido que reforzando y promoviendo la innovación, el talento y la colaboración asegura la consecución de una estrategia de transformación ganadora.

Decía Heráclito que no hay nada permanente, excepto el cambio. Por ello, que ese instante en el que observando fotos, vídeos o simplemente navegando con el pensamiento nos transporta hasta nuestros momentos más importantes, nos haga entender que “ahora es el momento exacto”, porque nunca hay un momento oportuno.