viernes, 24 de marzo de 2017

La credibilidad (El final de los principios)


“Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros” decía el inolvidable Groucho Marx. 
La base de toda relación personal, profesional o comercial se basa en la mutua credibilidad. Y donde existe la credibilidad nace la confianza y la cooperación. La credibilidad no es casual, se construye y se fundamenta en las decisiones diarias envueltas de coherencia y transparencia. Incluso hasta las bases del mercado y la economía tienen en ella su epicentro.

Es un valor que no viene de forma automática con el rol que ocupamos en nuestra familia o en nuestro puesto de trabajo o con el cargo que desarrollamos. Se consigue cuando la concomitancia entre palabras y comportamiento es una realidad irrefutable. La credibilidad lleva su tiempo, pero cuando se consigue provoca una energía extraordinaria alrededor de la persona o de la marca.

La credibilidad también es el cimiento del liderazgo. Quien aspira a influir en los demás, a convencer a la gente para seguir un rumbo o un proyecto, a alcanzar una meta en común, debe ser confiable y por lo tanto creíble. Primero debemos construir nuestra credibilidad como líderes y luego las personas seguirán nuestra visión, no al revés. Y si a eso le sumamos la capacidad por contrastar la información, escuchar con humildad y empatía, no prejuzgar y evitar el juego del camaleón, los niveles de colaboración y confianza impulsarán con éxito nuestros propósitos.

La credibilidad camina de la mano de la vulnerabilidad. Debemos ser conscientes que en cuestión de segundos podemos perderla o que alguien nos la arrebate. Porque allí comienza el final de los principios. Es tan frágil que con “una caricia” se engrandece y con una mentira se destruye. Podemos perder lo que más queremos o que nos hagan perder aquello que anhelamos.

Vivimos en un mundo más rápido que congruente, más cambiante que mancomunado y donde el segundo que acaba de pasar en nuestro reloj es historia antológica. Hay una necesidad tiránica de superación vertiginosa de las etapas, sean las que sean y en el ámbito en que se produzcan. Una mochila de experiencias o acontecimientos no siempre bien digeridos y que inexplicablemente hacen doler nuestro aparato digestivo sin entender bien porqué.

En la era de las transformaciones y los cambios, aún nos queda por erradicar los viejos malos hábitos de los “francotiradores de la reputación” que prefieren mirar el tropiezo ajeno y no trabajar duramente en sus propias inseguridades o incompetencias. 

Abrimos nuestros ojos a la vida buscando un porqué, una explicación. Sentimos vacío, miedos y angustias. Y los brazos de una madre nos dan una respuesta casi inmediata, generando tranquilidad, relajando nuestras emociones, palpitaciones y respiración. Despertando en definitiva un círculo de confianza. 

Dentro de ese círculo crecemos y aprendemos. Buscamos también las manos de nuestro padre que nos enseñe a andar, a subir en una bici y no caernos, a dormirnos sabiendo que allí está, que pase lo que pase, él está.  

Buscamos y necesitamos la confianza desde los primeros días. No sabemos generarla, simplemente la reclamamos, la necesitamos y lloramos desconsoladamente sin ella. Lo hacemos desde niños pero también lloramos de adultos cuando recordamos esos días con nostalgia. Es en esa confianza donde construimos poco a poco la credibilidad en nuestros referentes. 

Y porque hemos crecido bajo esa confianza, credibilidad y coherencia de una manera noble y primaria, se alteran nuestras emociones y frustraciones cuando se vulneran. Y a su vez, despiertan nuestros deseos de relacionarnos, compartir, crecer, colaborar y de aprender cuando experimentamos esos brazos de credibilidad abriendo nuestros caminos.

Si quieres que te crean haz que te quieran por lo que crees porque la diferencia entre ser y parecer se llama credibilidad.

DIEGO LARREA BUCCHI 
Twitter: @larreadiego 
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